Por Francisco Ojeda. Director del Diplomado en Prevención y Abordaje de los Procesos Suicidas en Jóvenes y Adolescentes,Universidad San Sebastián

La pandemia de Covid-19 nos puso de frente, imprevista e intempestivamente, ante la pérdida. Experiencias que van desde los sutiles detalles de la vida cotidiana, pasando por los trabajos, colegio, universidades, hasta la muerte como la pérdida más radical de todas. La pandemia ha obligado a las personas a recuperar antiguas preguntas existenciales respecto del valor de la vida y tener que reorganizar las lógicas de sentido que nos sostenían en la relación con otros.

Si bien, en un intento casi humanitario, nos hemos visto obligados a “zoomergirnos” en espacios virtuales con tal de recuperar algo de aquello que se perdió; no obstante, bien sabemos desde Freud, que aquello que se pierde retorna, las más de las veces, como síntoma. Y tal vez sobre este punto, podemos ubicar la soledad y el aislamiento, como una de las principales respuestas subjetivas de nuestra época.

Desde mediados de febrero de 2021, el gobierno de Japón nombró a su primer ministro para la Soledad, encargado de llevar adelante una agenda integral para buscar formas de enfrentar la soledad social y el aislamiento. En la conferencia de prensa inaugural, Tetsushi Sakamoto, declaró que buscará realizar acciones para prevenir la soledad y aislamiento, con tal de proteger los lazos de las personas. En efecto, Japón, durante el 2020, reportó muertes por suicidio levemente superiores a las muertes por COVID-19. Por lo tanto, uno de los principales desafíos para la cartera Ministerial será la reducción de la tasa de suicidios, con especial prioridad la población de mujeres.

Y, ¿qué pasa en Chile? Algunos datos presentados por la cuarta versión del Termómetro Social que impulsa Núcleo Milenio en Desarrollo Social (DESOC) muestra que, durante esta pandemia, el 6,7% de los/as participantes ha presentado pensamientos suicidas y autolesivos en las últimas semanas, siendo más frecuentes en los jóvenes de 18 a 35 años, en comparación con los/as mayores de 60 años. Junto a lo anterior, se destaca que solo el 17,2% de las personas que han tenido pensamientos autolesivos y suicidas, han accedido a un tratamiento en salud mental, poniendo en evidencia, una vez más, las enormes brechas asistenciales que presenta la población chilena y la vulnerabilidad en la que, aún, se encuentran algunas personas.

Debemos prestar atención también a los/as adolescentes, quienes han sufrido la pérdida de soportes y espacios extrafamiliares en los cuales realizar el trabajo de construcción identitaria. Dicha pérdida aumenta, para algunos, la sensación de vulnerabilidad e incomprensión respecto de sus procesos vitales, en la medida que no pueden servirse de la presencia y el cuerpo de sus pares para desplegar el trabajo de subjetivación. Por lo tanto, será necesario dirigir acciones e intervenciones con este grupo etario que, como sociedad, no se orienten exclusivamente por una exigencia obstinada y sinsentido por el rendimiento; sino que se diversifiquen alternativas para la construcción de lazos amorosos y vitales con adultos/as capaces de sostener y acompañar sus experiencias de malestar y sufrimiento. Allí hay un gran desafío.

Finalmente, si bien se conocen datos que reportan incrementos en las tasas de suicidios de una población durante una pandemia; no obstante, a partir de los estudios de Durkheim sabemos que los suicidios de una población pueden disminuir durante una crisis social, en la medida que se refuerzan los lazos sociales y se rearticula el sentido común al sentimiento de sobrevivencia colectivo. Para este propósito será imprescindible que el Estado implemente políticas públicas, con énfasis en la salud mental, que ofrezcan protección transversal para que las condiciones de vida puedan desarrollarse dignamente, ofreciendo soporte tanto económico, como emocional a sus habitantes.

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